El primer trimestre de 2025 nos ha dejado una estampa nacional desoladora, pero sobre todo surrealista. Si Franz Kafka hubiera escrito una novela sobre la política mexicana contemporánea, posiblemente la habría ambientado en Cadereyta de Montes, Querétaro. En este municipio queretano, la presidenta municipal —que lleva el título, pero no parece ejercerlo— ha decidido que su mejor estrategia de gobierno es la evasión: incapaz de resolver el prolongado conflicto con el sindicato municipal en huelga, ha preferido el camino del escapismo.
No estamos ante una crisis de gobernabilidad cualquiera, sino frente a un episodio que roza lo grotesco. La presidenta municipal, en lugar de asumir el rol que su investidura exige, ha optado por culpar a todo y a todos, como dicta el viejo manual del populismo morenista. Lo inaudito, sin embargo, fue su convocatoria a una marcha: sí, la autoridad municipal organizando una protesta como si fuera una activista opositora. El absurdo elevado a categoría institucional. ¿Contra quién marchaba? ¿Contra sí misma? ¿O es que aún no le han informado que ella gobierna Cadereyta de Montes?
Este acto de desdoblamiento político revela una práctica preocupante que se ha vuelto norma en la esfera pública: la simulación. Cuando la realidad se torna incómoda, el reflejo automático es teatralizar. Fingir que se hace, mientras se evade. Y lo que sucede en Cadereyta es apenas una metáfora del escenario nacional.
Porque mientras en Querétaro vivimos estos desvaríos, a nivel nacional dos episodios nos sacuden con brutalidad.
Primero, el horror en Teuchitlán. Un campo de exterminio —que el gobierno federal pretende maquillar como “campo de adiestramiento”— fue descubierto por las madres buscadoras. La semántica oficial intenta restarle peso a lo que es, sin duda, uno de los hallazgos más oscuros de la violencia contemporánea en México. Las imágenes satelitales y los testimonios son irrefutables: cientos de restos humanos, vestigios de la barbarie. Y frente a eso, un silencio institucional que ofende y una retórica que minimiza. El lenguaje como barrera moral. Como escudo ante la responsabilidad.
Segundo, el bochornoso caso del desafuero fallido de Cuauhtémoc Blanco. El exgobernador, envuelto en escándalos de corrupción y crimen organizado, fue protegido por Morena con una disciplina partidista que pasó por encima incluso de la dignidad de varias diputadas de ese mismo partido. Mujeres que alzaron la voz y fueron calladas por la maquinaria. Una vez más, el discurso de la lucha contra la impunidad se estrella contra el muro del cálculo electoral.
En resumen, México y Querétaro atraviesan un mismo laberinto: el de la disonancia entre la realidad y el relato oficial. La política, más que instrumento de solución, se ha convertido en una puesta en escena. Los problemas son reales, pero las respuestas parecen salidas de una tragicomedia. Gobernar, en 2025, no es sinónimo de resolver, sino de aparentar. De marchar contra uno mismo. De negar lo evidente. De proteger al aliado, aunque sea indefendible.
Frente a este panorama, urge recordar que el poder no es un disfraz ni una excusa: es una responsabilidad. Y mientras las autoridades sigan jugando a ser oposición, y los partidos sigan protegiendo a los impresentables, este país seguirá atrapado en su propio teatro del absurdo.