Querétaro. La Librería Hugo Gutiérrez Vega, del Fondo de Cultura Económica (FCE), ubicada en la Facultad de Filosofía de la UAQ, fue sede del Conversatorio sobre el libro “La razón pendular de Emilio Uranga, una historia del existencialismo mexicano”, encabezado por el filósofo e investigador José Manuel Cuéllar Moreno, autor de la obra, y conducido por el rector de la Universidad Tecnológica de Corregidora (UTC), Alberto Lugo Ledesma. El encuentro reunió a estudiantes, académicos y público interesado para dialogar sobre la vigencia de Emilio Uranga y la lectura crítica del existencialismo mexicano que propone el autor.
Durante la charla, Cuéllar Moreno explicó que su obra no pretende canonizar a Uranga, sino comprenderlo en su dimensión intelectual y humana. Incluso confesó que su primer contacto con el filósofo le provocó rechazo por su estilo incisivo y por sus diagnósticos poco complacientes sobre el carácter nacional. Sin embargo, sostuvo que ahí reside su aporte más importante: la capacidad de nombrar sin maquillaje una condición que muchos prefieren evadir. “Uranga tiene intuiciones profundas: la incertidumbre no es un accidente, sino parte constitutiva de la vida”, afirmó, al señalar que ese “optimismo duro” y esa honestidad son, en buena medida, el núcleo del existencialismo mexicano.


El autor insistió en que esta corriente no fue una sucursal local de Sartre, Camus o Simone de Beauvoir, sino una reinvención desde la periferia cultural. A diferencia del existencialismo europeo, dijo, el mexicano fue festivo y propositivo: asumió la accidentalidad humana como una posibilidad de redefinir al hombre desde América Latina. En ese sentido, destacó el tono provocador de Uranga cuando invierte la jerarquía cultural: “Antes teníamos que medirnos con el rasero europeo; ahora ellos tendrán que medirse con nosotros”, recordó, al subrayar que la crítica uranguiana al colonialismo mental mantiene resonancia en el México actual.
Cuéllar también abordó la faceta política del pensador, a quien define como un “niño terrible” de la inteligencia mexicana más que como un verdadero operador del poder. Explicó que su papel como asesor presidencial se ha prestado a caricaturas, cuando en realidad Uranga no acumuló privilegios ni tuvo la injerencia de figuras como Carlos Denegri, y padeció estrecheces económicas. Como ejemplo, compartió un testimonio sobre el 2 de octubre de 1968: Uranga intentó acercarse a Tlatelolco, fue rechazado por militares y, al escuchar las primeras detonaciones, quedó “denudado”, lejos de la imagen del intelectual indiferente o cómodo con el sistema.
En otro momento, el Conversatorio exploró la tensión entre Uranga y Octavio Paz, así como las disputas por interpretar “lo mexicano”. Cuéllar recordó que, aunque existieron diferencias de estilo y método, ambos compartieron una crítica a la mecanización del hombre y al colonialismo mental, y coincidieron en advertir los riesgos de convertir la identidad nacional en consigna o folclor.


Cuéllar Moreno subrayó que el libro busca ser una puerta de entrada a la filosofía mexicana, especialmente para jóvenes lectores que suelen llegar tarde –o nunca– a estos autores en la formación universitaria. Dijo que su apuesta fue narrar una época y un personaje “de carne y hueso”, evitando que la filosofía se reduzca a figuras de cartón o a discusiones sólo para especialistas.
Durante el Conversatorio, el rector Lugo Ledesma reconoció el trabajo de investigación detrás del libro y destacó que recuperar a Uranga es, al mismo tiempo, recuperar preguntas urgentes sobre el país. Señaló que el texto de Cuéllar invita a mirar “el péndulo” de México –sus oscilaciones entre tradición e innovación, entre lucidez y crisis– y a no desviar la mirada frente a los diagnósticos incómodos, precisamente cuando el debate público tiende a simplificarse entre consignas y eslóganes.






